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Quietud

Quietud y silencio . Eso es lo único que puedo sentir desde dos días después de morirme. El ataúd que me hace de crisálida es de madera de la buena a pesar de que yo no tenía un duro para pagarlo y menos dinero incluso posee mi madre. Lo pagó mi padre, un millonario con como mínimo unos trescientos bastardos y medio a los que nunca presta atención, él solo sirvió para darme un lugar cómodo en el que descansar y para derramar un par de lágrimas falsas en mi entierro. ¿Que de qué me he muerto? Pues de esas cosas que a uno le pasan en la vida. No tengo muy claro si fue el alcohol, el tabaco, el estrés o el hecho de que me resbalé en el baño y me di con toda la nuca en la esquina de la bañera. A lo mejor todas tuvieron su parte. Fuera lo que fuera, se supone que ahora voy a alcanzar una abrumadora paz y la calma eterna. He de decir que, la verdad, el cementerio no está tan mal, pero tampoco es como para que prometan la mayor serenidad de la historia. Es más bien un vacío. Un vacío r...

El desastre de San Francisco

Lambiel se bajó del coche, en un primer momento había considerado que era la opción más rápida para llegar a donde pretendía; no obstante, bien podría haber empezado su viaje en caballo o en bicicleta , que le habría llevado el mismo tiempo. Había pecado de inocente y había tenido demasiadas esperanzas en el camino. Hacía varios días que la gente huía despavorida de la zona, el puente que conectaba con la vieja península de San Francisco era intransitable desde hacía ya bastante. Toda la población se había lanzado a la carretera para salir de allí lo antes posible y, por mucho que él fuese en dirección contraria, los carriles de ambos sentidos se habían visto inundados de vehículos que se dirigían lo más lejos posible de allí. Lambiel dejó atrás su coche, ignorando los insultos de quiénes le gritaban por haber obstaculizado el paso, como si hubiesen sido capaces de avanzar un solo metro antes de que él llegase allí para crear un embotellamiento. No, el atasco ya existía desde hac...

El accidente

Rielaba la luna sobre los iris de su mirada rota mientras ella observaba los restos quemándose sobre la arena . Las sempiternas llamas  devoraban la barquilla del globo aerostático, la malla había desaparecido hacía ya rato. Comenzó a llegar la gente media hora después del accidente. Lo habían visto caer, pero desde el pueblo más cercano había una caminata larga si querías llegar a la playa andando. Ella desapareció antes de que los aldeanos llegaran, necesitaba mantener el anonimato . Se fue con prisa, escondiéndose detrás de unas rocas que partían la costa en dos para que no la vieran. A sus oídos llegaban plegarias a Dios y a Cristo , la gente pedía que aquellos que habían estado en el globo se encontrasen bien. Pero ella ya había visto la carne chamuscada y seguía lamentándose en silencio por haberse precipitado al apretar el botón. Llevaba semanas con una muela picada y se pasó la lengua por encima en busca del dolor, necesitaba castigarse. Si tan solo hubiese esperado un ...

La profecía

Se acercó a la entrada de la cueva. Miedo. Petricor . El sonido insistente del viento. El eco de las últimas palabras de su madre. Todo la sobrevino. Se acercaban las siete de la tarde y el sol no había salido en todo el día, por lo que tampoco sería capaz de ver la luna en el momento indicado. Le llegaba también el olor de la playa , donde debería haber dispuesto ya todo lo necesario para realizar la ofrenda que correspondía a esa época del año. El sonido de un violín resonó en su cabeza y su música le recordó a unos tiempos pasados en los que la tierra estaba seca y las mariposas se tomaban descansos posándose sobre sus brazos. Aquellas épocas quedaban atrás, los momentos en los que había conseguido ser feliz la habían abandonado tal y como lo había hecho el sol. Tal y como lo haría la luna. No quería quedarse a observar cómo el cielo fallaba a sus expectativas minuto tras minuto, así que volvió a la profundidad de la cueva para poder arrebujarse entre unas mantas que tenían...

Renacer (II)

La noche cayó sin que nadie pudiera evitarlo y de igual forma se deslizó la serpiente de tela por los pasillos del palacio. No quedaba nadie despierto salvo algunos sirvientes que se afanaban en la cocina, pero ellos no tendrían forma de interferir en los planes de Ribara. Un descuido por parte de Cirania la había dejado libre para campar a sus anchas. Como bien le había dicho a la princesa, atrapar un fantasma era una tarea complicada, mucho más si querías mantenerlo a tu servicio; por lo que haberle dado un cuerpo sin llevar a cabo el ritual necesario le había dado autonomía para hacer lo que ella ansiaba hacer desde hacía tiempo. Mientras discurría por la plaqueta helada —aunque no llegase a notar aquella frialdad— echó de menos el par de piernas que había tenido en otra vida y también tirarse de las trenzas, que tanto la habían caracterizado, ahora que estaba ansiosa por lo que iba a lograr tras muchos años de espera. Extrañaba el sentido del olfato y el sabor de sus galletas favor...

Renacer (I)

Llevaba tanto tiempo sola en aquel sótano —atrapada y entreteniéndose única y exclusivamente viendo a las arañas tejer sus redes mientras se sumía en la completa locura— que se sorprendió cuando las bisagras de la puerta chirriaron. El pesado bloque de madera, que bloqueaba la entrada sin posibilidad alguna de abrirse desde dentro, se deslizó con lentitud. Detrás pudo ver a una de las princesas empujando el pomo con todas sus fuerzas; su entrecejo demostraba el trabajo que estaba pasando para conseguir llegar a aquel pequeño sótano olvidado de la mano de Dios. Ribara la reconoció al instante. Si bien llevaba siglos sin salir de allí, su mente podía abarcarlo todo sin mucho esfuerzo; viajaba de aquí para allá y así había conocido a todas y cada una de las familias reales que habían pasado por el castillo desde su muerte. La ambición de Cirania era lo único que la había llegado a complacer en las últimas seis generaciones y por fin, en ese exacto momento, la tenía llamando a su puerta. S...

Felices fiestas

Siempre le habían dicho que ver caer los copos de nieve mientras uno estaba tumbado en el suelo era una de las cosas más bonitas que existían. Sin embargo, a Diann lo único que aquellos copos hacían era molestarle al derretirse sobre su barba. Algunos también se convertían en agua sobre sus pestañas y descendían sobre sus mejillas como si de lágrimas se tratase. Había sido todo un sacrificio volver a casa por Navidad. No sentía armonía alguna en aquellas fechas y cada “felices fiestas” se le atragantaba más que el anterior. Ni siquiera las galletas de jengibre mejoraban su humor desde el estómago. Hacía tres años que su hija Iris había muerto en un accidente de coche. Dos y medio desde que se había largado a perderse por África ayudado únicamente por su sentido común —algo escaso en aquella época— y la última brújula que le había regalado la niña para seguir aumentando su colección. Después de volver al interior de la casa de su madre, mientras hundía la nariz entre un arreglo...