Felices fiestas
Siempre le habían dicho que ver caer los copos de nieve mientras uno estaba tumbado en el suelo era una de las cosas más bonitas que existían. Sin embargo, a Diann lo único que aquellos copos hacían era molestarle al derretirse sobre su barba. Algunos también se convertían en agua sobre sus pestañas y descendían sobre sus mejillas como si de lágrimas se tratase.
Había sido todo un sacrificio volver a casa por Navidad. No sentía armonía alguna en aquellas fechas y cada “felices fiestas” se le atragantaba más que el anterior. Ni siquiera las galletas de jengibre mejoraban su humor desde el estómago.
Hacía tres años que su hija Iris había muerto en un accidente de coche. Dos y medio desde que se había largado a perderse por África ayudado únicamente por su sentido común —algo escaso en aquella época— y la última brújula que le había regalado la niña para seguir aumentando su colección.
Después de volver al interior de la casa de su madre, mientras hundía la nariz entre un arreglo floral hecho de crisantemos que descansaba sobre la mesa baja del salón, solo podía pensar en lo bien que había hecho en deshacerse de todas sus posesiones anteriores, exceptuando las más necesarias.
Si alguien hubiese podido poner música de fondo a aquel momento, sin duda alguna elegiría la sinfonía más triste del mundo y, aun así, no haría justicia alguna con lo devastador de aquel instante. “Ya vendrán otras Navidades mejores” le había dicho su madre. Él simplemente lo dudaba.
Comentarios
Publicar un comentario