Cuestión de apetito
Hacía tiempo que Gladius no se veía en una situación tan peliaguda como aquella. Llevaba varios días deambulando bajo la lluvia y embarrándose por culpa del lodo . Aquella tormenta se le estaba antojando infinita . Sabía que lo mejor sería buscar un refugio, pero aquel bosque parecía haberlo embrujado y no era capaz de salir de allí. El agua era una terrible molestia, se le acumulaba sobre los ojos, le nublaba la vista y tenía que sacudir la cabeza una y otra vez para deshacerse de ella. Era todo un fastidio. Sin embargo, no había ni un solo pensamiento dentro de él que le obligase —o le aconsejase, al menos— que buscase un lugar bajo el que parapetarse. Al contrario de lo que la razón y la coherencia podrían haberle indicado —quizá en un universo paralelo—, Gladius se detuvo en el medio de un claro y se acurrucó entre un puñado de margaritas empapadas. Estaba cansado, llevaba mucho tiempo cansado. El sol, ya escondido detrás de las nubes, empezaba a ocultarse también detrás de las ...
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