La fiesta de disfraces más macabra de la historia

Siento las venas arder, como si en lugar de sangre fluyese gasolina por ellas. Siempre fue así, nunca contuve demasiado el impulso, pero que tú llegaras fue el terrible detonante.
Tuvimos cuidado, al principio, y luego perdimos el control como maníacos. Las yemas de tus dedos rozan los míos y toda mi piel se prende de repente.

Me despierto de golpe, desorientado, con la mente nublada por los sueños que me han estado perturbando. Me seco la frente con el trozo de tela que cuelga de mi turbante.
Todavía me siento como si algo ardiera en algún lugar que no puedo identificar por culpa del dolor de cabeza que me obliga a girarme sobre mí mismo. Me doy cuenta de que estoy sobre una alfombra, la alfombra del salón de actos.
Como por arte de magia recuerdo parte de lo que sucedió anoche. Al ver el resto de cuerpos a mi alrededor, mis ojos repiten la escena con claridad: poco a poco todos caen sobre el suelo, como un efecto dominó, con las capas ondulando tras ellos, con las alas clavándoseles en las espaldas.

Reconozco tu figura en el último escalón, dormida y sentada, con el cuerpo apoyado contra la balaustrada y la espada de madera descansando sobre tus piernas.
Me acerco a gatas, sorteando los cadáveres o pasando por encima de los que no puedo evitar. No me importa. Aprieto tus mejillas con una mano, sin delicadeza, necesito que despiertes. Te sacudo hasta que recobras el conocimiento y me miras a los ojos.
Estoy hambriento.
Me empujas sin consideración alguna —no esperaba menos— y te levantas con ímpetu, sacándote el parche falso y tirándote del pelo enmarañado hacia atrás. Te sujeto el hombro, reclamando tu atención de nuevo, quiero volver a hacerlo. Intentas volver a apartarme y tus dedos se enredan entre las vendas de mi disfrazo me río entrecortadamente.
Espero a que te des cuenta de la falta que me haces, de la chispa que necesito en este momento, de mis ganas de arder, de la gasolina acumulada. Dime que quieres ser el fuego y prenderme entero, porque es lo que más me hace falta.
Y lo haces. Sonríes de esa forma que haría fluir ríos enteros hacia su muerte y yo empiezo a sentir el cosquilleo en la parte superior de mi nuca.
Estamos listos.

La prisa se apodera de nosotros y no hay tiempo para deshacernos de las pruebas que dejamos atrás. La celebración de la fiesta de disfraces más macabra de la historia.
Me coges de la mano con fuerza y salimos de la mansión. La gente se gira para mirarnos, una momia y una pirata corriendo calle abajo. Pronto lo descubrirán.
Se me escapa una carcajada y te giras, riéndote también y arrastrándome primero a la izquierda y luego a la derecha, por calles que se vuelven borrosas a nuestro lado.
Las manecillas del reloj suenan en mi cabeza, demostrando el ansia que me corroe por dentro. Siento que o me llevas de una vez a donde quiero o esto podría acabar mal.
No te importa lo que nos pueda pasar, lo que te pueda pasar. Para ti siempre está bien todo, no hay riesgo alguno porque no te importa nada.
Lo demuestras al girarte, sujetando mi rostro con ambas manos y apresurándote a besarme como si fuese el detonante de la apocalipsis que está por venir.
Se convierte en nuestro minuto de calma. La calma que precede a la tormenta. Vuelves a agarrar mi mano, siento tus uñas clavadas sobre mi palma. Estoy seguro de que la sangre comenzará a correr pronto.

No hay tranquilidad en este momento, aunque el tiempo parezca haberse detenido. Es como si estuvieses intentando prolongar mi renacer. El Ave Fénix. De nuevo.
Me harto de esperar y retomo el ritmo. Te empujo bruscamente para que veas que las llamas empiezan a consumirme. Necesito más.
Han pasado semanas desde que te conocí, la sensación es indescriptible cada vez que recorremos las calles como en este momento, podría ahogarme ahora mismo y lo haría feliz.
Dices que soy el culpable, a pesar de que has sido tú la detonante. A pesar de que yo había escondido siempre esta voracidad.
Las vendas de mi disfraz empiezan a desenrollarse y golpean mis brazos y mis piernas, agitadas por el viento. Es como si me castigaran, como si me acusaran de todos los crímenes que he cometido.
Esta piel, este cuerpo que me apresa, arde con las ganas prendidas por ti. La cárcel se desmorona y yo siento el regusto dulce del infierno llegar a mí.

Abres una puerta y me arrojas al suelo, me quedo sentado sobre el cemento sin decir nada. Pasas a mi lado sin dirigirme la palabra y prendes un cigarro de esa forma tan sencilla como cuando me enciendes a mí.
Mis pensamientos se agolpan en mis oídos, gritándome que me levante y te quite el pitillo de la boca de un manotazo, que tenemos una misión y que la estás incumpliendo.
Algo me dice que esta vez no es como el resto. Esta vez no hay nadie aquí, no hay un público esperando su participación. Se me encoje el corazón en el pecho, pero repleto de gusto. Mi mente se incendia. Estoy listo.
A los pulmones me llega el aire a duras penas. No siento los dedos. Toda esta situación me provoca una felicidad que nadie va a entender nunca.

Sacas el revólver de detrás de la caja que hay sobre una mesa en la que no había reparado. No sé qué debería sentir. Solo sé que no tengo control sobre ello y que las vendas absorberán las primeras gotas de sangre que se atrevan a fluir.
Fijo mi mirada en la tuya, sujetándonos el uno al otro en ese contacto invisible. Me apuntas con el arma. Directa entre ceja y ceja. Mírame, niña. Mira en qué me has convertido. En otra de tus víctimas.
Y lo peor es que lo sabía.

Comentarios