El nuevo demonio del aquelarre
La búsqueda de trabajo cuando tienes cuarenta y tres años y ya llevas mucho tiempo en paro es un trabajo tedioso. Sobre todo, cuando te has dedicado a ser un espía de dudosa moral durante la mayoría de tu carrera laboral y ya no puedes ejercer por culpa de una lesión de rodilla que te obligó a retirarte.
Te colocas frente a la pantalla de tu ordenador, vas consultando una oferta detrás de otra para trabajos nada idílicos y mal pagados y el aburrimiento se te antoja sempiterno, casi desearías estar navegando al lado de Caronte. El inframundo sería mucho más entretenido que buscar empleo. Los primeros bostezos te avisan, los siguientes te amenazan y luego ya no profieres más porque te has quedado dormido con la frente sobre el teclado.
Así fue cómo conseguí mi trabajo actual. Con las teclas presionadas por un flequillo lleno de canas y mal cortado. Mi empleo es casi tan peculiar como la forma en que lo obtuve, no hay dudas tampoco de que es mucho más gratificante que servir copas a medianoche en un bar del centro de la ciudad a muchachas que apenas han cumplido los dieciocho y que ya tienen las mejillas arreboladas por el vino de la cena. O a los renacuajos dos años mayores que ellas que se meten un par de chupitos entre pecho y espalda solo para intentar impresionarlas.
No hay debate. Mi vida en el aquelarre es mucho más satisfactoria y me deja mucho más libre que las ataduras que me pondría un trabajo de ocho horas al día con un pésimo sueldo. Por si os lo preguntáis, el caso es que me he convertido en un demonio. No uno de verdad, por supuesto, todo esto es una tapadera y si me miro al espejo puedo ver el aspecto que he tenido siempre, a pesar de que el resto vea una criatura polimorfa horrible.
Me contrataron un par de viejas brujas que pertenecen al aquelarre vecino —y eterno enemigo— del grupo en el que me he internado. Están completamente seguras de que las melodías atronadoras que escuchan todas las noches proceden de un conjuro malintencionado de mis compañeras. Según ellas, estas jóvenes brujas que acaban de llegar pretenden quedarse con la región usando su magia a diestro y siniestro.
Y yo, siendo un pobre espía retirado de cuarenta y tantos, ¿con quién voy a —o debería— empatizar? Eso queda a merced de vuestra imaginación, un demonio nunca revela sus secretos, no quisiera yo que alguien me copiase los métodos. No necesito perder otro empleo.
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